Darle
al cuerpo lo que pida forma parte de la insaciable felicidad que el ser
humano requiere para hacer llevadera su vida, y es esta misma vida la cual
de manera casi balanceada ha dispuesto de pasivos y activos para beneplácito
de cada cual.
La comunidad gay en sus adentros se podría decir que viene predispuesta para
ser receptores de casi todo lo sexual, aun así existen hombres homosexuales
que en su minoría son activos al 100%. Si hablamos del terreno heterosexual
donde las mujeres son las receptoras, algunas de ellas no están interesadas
en el sexo anal, dicho de otro modo no es cuestión de sexos receptores el
hecho de que estas prácticas se realicen o no, más bien la asociación al
dolor que esta práctica produce es la causante de un ¡No! rotundo; pero si
esto lo llevamos al terreno mental o sea el de la fantasía ¿será posible que
lo replantemos y pasemos del dolor al placer en cuestión de minutos?.
El siquiatra Sigmund Freud revelo en estudios arcaicos que algunas de las
mujeres padecían de cierta histeria al sentirse insatisfechas sexualmente,
esa necesidad de cubrir ese algo con un cuerpo externo fue la solución y el
surgimiento de los falos en el terreno siquiátrico como método de
“tratamiento” lo cual no solo puso de manifiesto que muchas de nuestras
“rabias” tuvieran curas y que además estas se originaban desde lo sexual, si
no que se necesitaba de “ese algo” para que así fuera, pero ¿acaso
“necesidad” será la palabra más adecuada para aquel hombre heterosexual que
por su mente curiosa cruza la palabra “penetración”?, ¿porqué existen
hombres que gustan de ser penetrados y otros que en definitiva dicen no? .
Las cavidades ano-rectales se encuentran entre las más sensitivas, entre los
hombres estas van ligadas a la próstata lo cual hace a esa zona más sensible
aun, si en términos fisiológicos esa zona considerada para el desecho puede
pasar por traumas de lesiones o estreñimientos dolorosos, ni que decir de
las hemorroides, con todo ello ¿quién tiene ganas de sufrir?.
Pero la sodomía va ligada justamente a la sumisión y a el poder, quien tiene
el poder es el que manda, cuando penetras ese poder se ejerce con la mayor
rabia posible, el que penetra se vuelve en su mayoría agresivo, el pasivo
espera de el otro su máximo poder, y en conclusión llegar a… el ¡orgasmo!,
ambos tanto pasivo como activo han obtenido de cada cual lo que esperaban,
pero si por alguna extraña razón alguno o los dos no surge efecto en lo
buscado ¿qué sucede? Los límites de la mente, quien los conoce mejor si no
el parpadeo de quien los origina, ahí todo se vuelve intolerable, imposible,
es aquí cuando un pasivo se vuelve agresivo, necesita de ser penetrado, de
sentirse usado, de sentir dolor. Cuando el cuerpo pide, el amor estorba.
¿Quién no ha sentido el vacío? Y su necesidad de llenarlo. ¿Quién sobre su
columna no han caminado las ganas? Y saciarlas. ¿Quién sobre de ti o de mi?
Y ¡lamerlo!. ¿Quién no ha cambiado ternura por dolor? Y no seguir abstemio.
Un brindis con cunnilingus, otro por la abundancia de tamaños y sabores, uno
más por tu pelvis de castañuelas y se repite. . . . Cuando el cuerpo pide el
amor estorba, la dignidad estorba.