¿Dónde termina la calentura y comienzan los sentimientos?
Esa es una pregunta que muchos foristas nos hacemos. Hemos visto en repetidas ocasiones post preguntando si alguien se ha enamorado de una chic@ trans (usaré este término para ahorrarnos la confusión entre transexual y transgénero) y si sería posible hacer una vida de pareja con ell@s.
Y cuantas veces también hemos leído post donde algunos foristas les ofrecen la luna y las estrellas y les prometen amor eterno y hasta matrimonio...
Pero la cuestión sigue siendo la misma, ¿Cuánto de estas manifestaciones de amor es sólo la resaca de la calentura de una noche? ¿Qué tan sincero puede ser ese amor de un cliente por una chic@ escort? ¿Qué es más fácil; invertir tiempo y esfuerzo en cortejarla o, aún sin conocerla previamente, pagarle por pasar una hora con ella? Y después pensar que, como me trató como si fuéramos novios, realmente hay un sentimiento de amor profundo.
Por eso para tratar el tema del amor por una chic@ tenemos que separar primero al escort, de la persona, para no confundir el sexo con los sentimientos.
El sexo pagado es una forma de “sexo autista” es decir el cliente está teniendo sexo con él mismo, con sus propias fantasías y deseos; satisfaciéndolos sin preguntarse que pasa con los deseos del “otro”, al fin y al cabo ¡está pagando!
Y cuando oye sus gemidos, verdaderos o fingidos, se siente realizado como el “macho que es tan macho que es capaz de hacer gemir a una puta” como si eso fuera un especie de trofeo. ¿Y cuantos “mi amor”, “mi vida”, “mi corazón” se pueden decir en una hora de servicio? ¿Entre más entonces mi “performance” como macho será mejor?
Pero habrá quien se pregunte ¿que sucede cuando un cliente es particularmente asiduo con una chic@, y la prefiere por sobre las otras?, ¿no es eso una forma de amor?....
Veamos; cuando uno encuentra un buen peluquero (hoy pomposamente se les llama estilistas) nos hacemos asiduos a su servicio, nos gusta como nos deja el pelo, como nos dá el masaje capilar, disfrutamos de su plática y de cómo nos explica los altibajos de la economía mundial y cual sería la solución a la crisis que padecemos (aunque a la actual creo que ni los peluqueros más iluminados le encuentran la salida) y no buscamos otro pues ese peluquero nos satisface plenamente. Le pagamos sin regatear y hasta le damos su propina. Le prometemos regresar cuando la necesidad sea mucha y cumplimos la promesa.
Con el tiempo, sin sentirlo casi, desarrollamos cierto afecto por el peluquero, le preguntamos por su familia y hasta le llevamos un regalito para Navidad. Pero es sólo eso: afecto (simpatía, apego, solidaridad).
Si bien es cierto que son muchas las variantes que se pueden dar en las relaciones entre dos personas, las complicaciones son mayores cuando en esa relación está involucrada una chica trans y más aún si mezclamos sexo y sentimientos.
En este texto trataré de compartir algunas reflexiones sobre dichas variantes, todo desde mi personal punto de vista, y sin entrar a considerar la visión de las chic@s puesto que sólo ellas pueden opinar sobre sus sentimientos.
Antes de empezar quiero hacer hincapié en que las reflexiones que siguen se refieren a relaciones que no están basadas en el sexo pagado, sino en el interés mutuo de establecer una convivencia como individuos que expresarán sus sentimientos, de diferentes maneras, pero sin una obligación contractual. Por lo tanto para no contaminar el análisis, quedarán fuera las relaciones con: proxenetas, estafadores, explotadores, golpeadores, “pimps”, “chacales”, vividores y demás fauna nociva.
La forma de relación que se establezca dependerá de varios factores, por ejemplo; la edad de cada uno, la cercanía en sus valores, morales o religiosos, la educación y la cultura, entre otros. Pero también, y de manera muy importante, la historia de vida de cada uno ya que esas experiencias definirán en buena medida que tan sana, o no, será la relación.
A pesar de todas las posibles variantes, encontramos que las relaciones con una chica trans se pueden agrupar, de manera muy general, bajo algunos aspectos comunes que comentaré sin pretender que sea un análisis exhaustivo.
-El síndrome de Heidi (¡yo podría ser tu padre o tu abuelo!)
Cuando la chic@ es muy joven y la pareja es ya mayor (50 años o más) se establece una situación muy asimétrica que, por un lado, raya en los linderos del Edipo y, por el otro, también está muy cerca del incesto. Si la pareja le dobla, o triplica, la edad a la chic@ es irremediable hacerse este planteamiento: “yo podría ser tu padre” (situación que también se daría con una chica biológica) pero el pensamiento va aún más lejos, hasta hacerse la pregunta: ¿y si yo hubiera tenido un hijo como tú? Y es esa pregunta lo que marca la diferencia. Y las respuestas no son fáciles; ¿lo hubiera apoyado? A “toro pasado” es muy sencillo decir: -Claro que le hubiera apoyado-
Pero en la realidad ¿Qué tan tolerante hubiera sido yo, sobre todo, si mi hijo decide “vestirse”? porque una cosa es que acepte que sea homosexual, total eso no es su culpa, pero ¿Qué se “vista”? ¿Qué tanto lo hubiera acompañado en su proceso de transformarse? Y ¿hubiera estado de acuerdo en que “José” ahora se llama “María” y tratarlo como niña?
Estas interrogantes tienen mucho que ver en el futuro de la relación, y aunque se plantea el establecimiento de una pareja, no dejan de influir en el comportamiento de ambos. Pues queramos o no, es una forma de relación incestuosa que no solo implica el enamoramiento del padre por la hija (“complejo” que aún no tiene nombre en psicología) sino que hay una transgresión más; por linda que sea la chiquilla no deja de ser un muchacho.
Es a partir de esa premisa que se empieza a construir la relación; se desarrolla un cariño ambiguo en el que se confunde el amor paterno-filial y el amor hombre-mujer. Por momentos se le trata de educar y por momentos se le malcría cumpliéndole los caprichos. Pero es en la intimidad –cuando no hay ropa de por medio- donde los sentimientos son más confusos, el incesto y la transgresión de género están a flor de piel y es cuando un “te quiero” tiene muchos significados: es el te quiero a la hija, al hijo, al amante, a la amante pero sobre todo es el mantra con el que tratamos de exorcizar al complejo de culpa que podría atormentar a nuestro inconsciente una vez consumado el acto carnal –pecado de lesa hombría- porque, pensamos para nuestros adentros, realmente ¡sí le quiero! Y lo demás no me importa.
El síndrome de Somos mucho más que dos (tu, yo, mi otro yo y tu otro tú)
Consideremos la situación en que hay una mayor igualdad de condiciones entre la pareja; edades cercanas, estrato sociocultural parecido, intereses comunes o un conocimiento previo a la transformación.
En estos casos la relación es mucho más frágil, puesto que en principio se basa fundamentalmente en la atracción física. Los errores difícilmente se perdonan y hay una mayor demanda a la pareja (atención, fidelidad, cariño) ya que se considera que ambos están invirtiendo una gran carga sentimental en la construcción de una relación que, por su naturaleza, estará siempre a contrapelo de la sociedad.
Aún ahora la marginación y satanización de estas relaciones siguen existiendo, no importa que la chica trans sea “heterosexual” en su proceder, aunque no en su físico, y por lo tanto quiera relacionarse son un chico heterosexual, como cualquier chica; y busca que un hombre se enamore de ella, sin que eso ofenda la “hombría” de su pareja, a pesar de que comparten los mismos genitales, funcionales o no, puesto que sus actitudes serán las de una pareja “heterosexual”.
Pero que decir del “varón” de la pareja. De golpe, se enfrenta a un cúmulo de sentimientos encontrados; ha sido educado en los valores de una sociedad fundamentada en dos sexos separados, cualquier otra forma es una “abominación”, la familia y la procreación como mandato divino rigen leyes, usos y costumbres; pero ha encontrado a alguien que le atrae y aunque sabe que es “fruta prohibida” no puede apartar su pensamiento de ese objeto de atracción (los sentimientos vienen después).
Puede ser el caso de que quizá jugaron juntos cuando niños; -antes éramos “cuates” pero ahora es diferente, ahora “el” es “ella” y ¡me gusta!-.
Si esta relación se logra sobreponer a las miradas reprobatorias, o burlonas, de los demás “cuates de la pandilla” quizá sea la más duradera ya que estará oscilando entre la camaradería y la pasión, compartiendo una historia, unos amigos y un lugar en el espacio (la vecindad, la cuadra, la escuela).
Los celos, las dudas y la desconfianza serán cotidianos, en mayor o menor medida, entre ambos participantes de la pareja, quizá más que en una relación con una chica biológica, pues se considera que en el “mercado sentimental” hay muchas menos posibilidades de encontrar alguien que coincida con nuestros gustos y debilidades. Porque la pregunta sigue vigente: ¿Cuál es la fascinación que ejercen en nosotros las chicas trans?
¿Besar a una chica trans se siente diferente? ¿Será que es más sabroso un café, o un buen bife, si te acompaña una chica trans? ¿Acaso es más agradable visitar un museo con una chica trans que con una chica biológica? ¿Es diferente viajar con una chica trans? ¿Pasear, tomado de la mano de una chica trans, por una plaza pública, me hace sentir diferente?
Para muchos, definitivamente la respuesta a todas estas preguntas es: Sí
Pero queda la pregunta más complicada ¿Hay alguna diferencia entre acostarse con una chica trans que con una chica biológica?...
Que perogrullada, dirán algunos: ¡Claro que hay diferencia!
Sin embargo la respuesta no es tan simple, porque más allá del mero acto carnal, cualquiera que este sea, está la decisión consciente de compartir “mi” intimidad con alguien, de querer ser “uno” con el otro. Y estos son sentimientos que se tienen igualmente con una chica biológica como con una trans. En el aspecto sentimental ¡Claro que NO hay diferencia!, pues implica el íntimo deseo de pertenecerle, se trata de dos individuos compartiendo sus vidas, o parte de ellas (ilusiones, anhelos, metas), en tiempo y en espacio.
Hace mucho tiempo -en la época de la liberación sexual y del Peace and Love- era común escuchar entre la gente joven la expresión, jocosa; “cuando el amor es puro no importa el sexo” como queriendo demostrar la apertura de mente y la tolerancia planteadas por las turbulencias sociales de los años 60s. Pero han tenido que pasar casi 50 años para que esa expresión tuviera sentido en la vida de muchos de nosotros.
Sólo queda una cuestión por analizar: ¿se siente diferente que te quiera una chica trans a que te quiera una chica biológica?
La respuesta a esa pregunta la tendrá cada uno que esté involucrado en una relación así.
Yo solo sé, diría el filósofo, que la descarga eléctrica que recorre mi espina dorsal cada vez que beso a mi chic@, a la que quiero, no la había sentido nunca con una chica biológica; para mi sí se siente diferente el que te quiera una chica trans, y es maravilloso.
Por Sócrates Enero 2009
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