El nieto del célebre escritor acaba de publicar 'Los Hemingway, una
familia singular', inusitado retrato de su padre, el travesti hijo de
Ernest, y una desmitificación incluso de la “rudeza y virilidad” de su
abuelo.
Foto: Fundación Hemingway
ERNEST Y GREG EN SUN VALLEY, EN 1941.
México • Una mujer camina desnuda en la orilla de la carretera. Se
dirige a Cayo Virginia, en las costas de Miami. Pasan de las cuatro de
la madrugada, acaba de salir de una fiesta y en una mano lleva un
vestido y unos zapatos de tacón. Está a punto de cumplir 70 años y sus
flácidas carnes no llaman la atención de los pocos automovilistas que
conducen a toda velocidad. Miami siempre está lleno de cosas raras. Y
más a esta hora. Pero conforme ella avanza, el cansancio la invade.
También la resaca por beber tanto alcohol. Así que se detiene un poco y
el sueño termina por vencerla.
Cuando despierta, se da cuenta que el sol ya le ha dejado la piel
bastante roja. Tiene sed y la cabeza está a punto de estallarle. Con
todo, hay que emprender de nuevo la caminata. Un par de minutos después
voltea y ve a lo lejos una patrulla. Intenta vestirse. Demasiado tarde.
Un agente ya está delante de ella, la interroga y, al no encontrar
explicaciones coherentes, se la lleva a la Comisaría. No por mucho
tiempo, porque la trasladan al Centro Correccional de Mujeres del
Condado de Miami-Dade. Es que no es la primera vez que comete “faltas a
la moral”.
No obstante, ella piensa que pronto saldrá. “Siempre es así”. No le
avisa a ningún familiar ni a ningún amigo. ¿Para qué? Todos saben que
cuando desaparece durante más de dos días significa que está en la
cárcel. Por poco tiempo. Pero también está consciente de que ya no es
como antes. Está enferma (siempre lo ha estado) y los años pesan. Se da
cuenta cuando, de pronto, en medio de la mugrienta celda, un intenso
dolor comienza a invadirla. Es un infarto. Y es mortal.
Entonces, a comienzos de octubre de 2001, el suceso salta a los medios
de información: la anciana mujer se hacía llamar Gloria, a veces Vanessa,
tenía un trastorno maniaco-depresivo, había sido biológicamente hombre
hasta 1994 y era hijo del célebre escritor Ernest Hemingway.
Gregory Hancock Hemingway (1931-2001) fue el segundo hijo que el autor
de El viejo y el mar tuvo con su segunda esposa, Pauline Pfeiffer, y fue
el padre de John Hemingway, quien ha escrito un revelador y dramático
retrato de familia, publicado ahora en español. John estudió Historia en
la Universidad de California-Los Ángeles (UCLA), ha sido traductor,
profesor de inglés, colaborador de la prensa italiana y en Los
Hemingway, una familia singular (Planeta, 2012) es un hijo que habla con
cierta distancia acerca de las serias dificultades vividas por su padre.
Greg, dice, “sufría psicosis maníaco-depresiva, se travestía, y terminó
por someterse a una operación de cambio de sexo. Bebía y se metía en
peleas; pasó cierto tiempo en la cárcel; pero, sobre todo, echaba
terriblemente de menos a su padre. Lo extrañaba y lo odiaba a la vez. Lo
odiaba y se culpaba a sí mismo por el suicidio de Ernest en 1961. (…)
Nunca superó su miedo infantil a ser abandonado. Se casó cuatro veces y
con cada divorcio revivía, casi de manera ritual, la pesadilla de no
tener a nadie de quien depender. Se deprimía, descuidaba su salud y su
apariencia y, por lo general, salía de dicho estado después de una serie
de tratamientos de electrochoque”.
Sus problemas comenzaron a la par de su nacimiento. El día que Greg vino
al mundo, “supuso una doble decepción para Ernest. Él quería una niña
(…). Pauline, como siempre, estaba desesperada por complacer a su
marido, así que si mi abuelo estaba desilusionado, ella también”.
Trataba a su pequeño hijo como “una mierdecilla” y le parecía lo peor
que pudiera pasarle a una madre. Por eso, “mientras que Greg se
debatiría durante toda su vida entre lo bueno y lo malo de su padre, no
había posibilidad de perdón para su madre. Ella lo había abandonado o,
aún peor, nunca lo había considerado su hijo y le había prestado
poquísima atención a los años formativos de su educación”.
De manera que, a partir de este hecho, John comienza a “armar el
rompecabezas de la loca existencia de Greg”, no sin antes aclarar con
sinceridad: “Entiendo lo que Greg debió pasar, ya que mi propia madre es
esquizofrénica y nunca pude permitirme el lujo de mantener una relación
estrecha con ella. Recuerdo que, cuando yo era niño, ella siempre estaba
al borde o recuperándose de una crisis nerviosa, bebiendo y diciéndonos,
mientras saltábamos de un motel a otro, que éramos mucho más importantes
que los Kennedy”.
John y su hermano Patrick eran unos niños cuando su madre quiso
convertirse en monja y pedir a la Iglesia que encontrara alguna familia
que pudiera hacerse cargo de sus hijos, ya que su esposo se pasaba los
días vestido de mujer en los bares de Montana. Pero Les Hemingway,
hermano del Premio Nobel 1954, decidió acogerlos en su casa. Los niños
crecieron ahí y, ante el abandono de la madre, John centró todas sus
emociones en su padre y se ocupó de conocerlo a fondo.
En el libro, John dedica un capítulo a establecer las semejanzas entre
su padre y su abuelo. A desentrañar, sobre todo, la conflictiva relación
que ambos tuvieron y el “mito” del famoso escritor. Se detiene en
algunos aspectos de su biografía y de su obra literaria para desmontar
la imagen del Ernest “macho, cazador, pescador, guerrero y gran amante”.
Después de revisar (únicamente) el manuscrito original de El jardín del
Edén, cuyos protagonistas son uno de los más claros ejemplos de la
“ambigüedad sexual”, afirma: “Ernest no se travestía como su hijo, pero
lo que está claro es que sí pensaba como él. Así lo demuestra la
tendencia andrógina de sus personajes”. Además, concluye, “cuando era
pequeño, a mi abuelo lo convirtieron en ‘gemelo’ de su hermana mayor,
Marcelline. Llevaba la misma ropa que ella y, por lo general, lo
trataban como a una niña. (…) Cuando al fin descubrí el travestismo de
mi padre, yo ya había establecido el vínculo entre Greg y Ernest y había
decidido que si mi abuelo usaba vestidos cuando era niño, entonces era
lógico que mi padre hubiera hecho lo mismo en su infancia, aunque, hasta
donde yo sé, no fue así”.
Luego se ocupa de la relación padre-hijo citando algunas de las duras
cartas, llenas de reproches, que se mandaban Ernest y Greg. Por ejemplo,
el 13 de noviembre de 1952, Greg escribió: “(…) Cuando todo se sume,
Papá será sólo: escribió unas cuantas historias buenas, tuvo una
perspectiva de la realidad novedosa y fresca y destruyó a cinco
personas. (…) Has tenido demasiado éxito y te has hecho demasiado grande
ante tus propios ojos como para ni siquiera pensar en cambiar. Pero
cambia hacia a mí, cabrón. (…) Todo esto es la verdad y sé que te dolerá
y que me borrarás de tu cabeza, pero tal vez tu cabeza esté mejor así.
Creo que he sido una espina en tu conciencia durante mucho tiempo”.
Cinco días más tarde, el 18 de noviembre del mismo año, Ernest responde:
“(…) He descubierto por tus cartas, si no lo sabía ya antes, que no
siempre soy un personaje agradable. Pero no soy un monstruo empapado en
ginebra que va por ahí destrozando las vidas de las personas”.
¿Por qué se distanciaron y se llevaban mal? Todo tuvo que ver, dice
John, “con que Greg se vistiera de mujer y con la vergüenza que ambos
sentían a causa de sus respectivas tendencias al travestismo”.
Un día, cuando Greg tenía 12 años, Ernest lo sorprendió probándose un
par de medias de su madre. “Mi abuelo no dijo nada, pero mi padre se dio
cuenta de que Ernest estaba horrorizado”. A partir de entonces, el trato
entre ambos cambió. Greg creció, estudió medicina y empezó a conquistar
chicas. Él “gustaba a las mujeres, y a él le gustaban ellas. Ni siquiera
después de la operación de cambio de sexo mostró interés alguno en los
hombres. Era heterosexual, sí, pero ambiguo”, cuenta su hijo.
Greg tuvo cuatro esposas y siete hijos. A principios de los años noventa
del siglo pasado se implantó unos pechos y luego se realizó la operación
de cambio de sexo. Unos años antes, en 1985, John vio por primera vez a
su padre vestido de mujer. Fue a visitarlo a Montana, pero cuando llegó
el departamento estaba vacío. Esperó unos minutos y, de pronto, vio
aparecer a un hombre de labios color cereza, con peluca rubia, un
vestido de lentejuelas y zapatos de tacón. “Tenía una apariencia tan
absolutamente masculina, tan ridículamente infemenina, con aquel
vestido, con las pantorrillas musculadas y depiladas que lo impulsaban
escaleras arriba, que me pregunté a quién estaba intentando engañar”.
Greg se bañó, se puso un pantalón color caqui y un polo, invitó a su
hijo a desayunar a un restaurante cercano y le contó su sufrida vida.
John supo entonces que ser un Hemingway consistía en algo más que la
caza, la pesca y las historias de guerra.
fuente:
http://www.milenio.com/cdb/doc/noticias2011/19a9044728bab51986342a4dc91bc8bf